lunes, 23 de mayo de 2016

Arrieros y cocheros en Puerto Cabello

Imagenes recopiladas por el Sr. José Alfredo Sabatino Pizzolante y publicadas en la pagina Memorabilia Porteña

Camino de la Noria, Foto Avril, c. 1920. Cortesía Sra. Margot Gramcko.

Detalle de una fotografía de Henrique Avril, sector el viejo Mercado, c. 1930.
Archivo: José Alfredo Sabatino Pizzolante.

Calle Comercio, Colección don Tomás Andara, probablemente de Henrique Avril. 1930.
Paseo en coche por puente adentro frente vieja aduana, c. 1915.
Archivo: José Alfredo Sabatino Pizzolante.
"Calle con algunos burros y carretas en una esquina de Puerto Cabello" Fotógrafo holandés G.M. Versteeg Expedición Tapanahoni, Surinam 1904
Estampa del puerto, foto Henrique Avril en postal editada por F. L. Colmenares, c. 1940.
Archivo: José Alfredo Sabatino Pizzolante
Esquina calle Bolívar c/c Sucre, en donde actualmente está el Edificio Pizzolante, Foto Avril, c. 1920.
Archivo: José Alfredo Sabatino Pizzolante.
Carnavales en Puerto Cabello s/f
Aviso comercio "Posada del Cambur", aparecido en el periódico La Prensa Libre, mayo de 1878.
Almacenes de la vieja aduana, en tarjeta postal pionera de Henrique Avril, 1904.
Archivo: José Alfredo Sabatino Pizzolante.
Calle Comercio, en gráfica de Henrique Avril, c. 1915.
Archivo: José Alfredo Sabatino Pizzolante.
Calle Comercio, en gráfica de Henrique Avril, c. 1915.
Archivo: José Alfredo Sabatino Pizzolante.
Encuentro campestre, en gráfica de Henrique Avril, s/f. 
Archivo: José Alfredo Sabatino Pizzolante.
Estampa porteña en foto de Henrique Avril, c. 1920. 
Archivo: José Alfredo Sabatino Pizzolante.
Callejón Uzlar, zona histórica, c. 1895. Cortesía Familia Römer - San Esteban.
"Los Lanceros de Páez" Feria de Puerto Cabello en Septiembre de 1968


miércoles, 27 de abril de 2016

"Paso de Ahoga Mulas" Leyenda del estado Carabobo

Las carretas de mulas era el transporte antiguamente usado en los pueblos venezolanos para el traslado de productos agrícolas. El paso de ahoga mulas en Mariara es un nombre que la comunidad acuñó a un sitio luego de que dos mulas se ahogaron en el lugar. En una ocasión, sucedió que un arriero, que iba de Yagua a Maracay, intentó forzar a su mula para que cruzara una quebrada, pero ésta, temerosa de la quebrada, se resistía. 
El arriero la haló para que entrase a la quebrada, pero la mula cayó en el agua y el peso de la carreta la ahogó. Algo parecido pasó con otra mula que transportaba naranjas desde San Diego, la cual también cayó en la quebrada y se ahogó. Las aguas de esta famosa quebrada nacían al norte del pueblo, una de ellas se llamaba Lorenzo Aguilar y la otra, Cazorla. Sin embargo, por el ahogamiento de las mulas que allí aconteció los pobladores se refieren al sitio de esta manera. En la actualidad, el lugar aún existe, pero ya no hay agua.

Foto referencia 

Un Burricidio


UN PASEO POR EL MERCADO DE SAN JACINTO Y LA PAZA DEL VENEZOLANO DE 1900-1950

A mediados del siglo pasado, pocos años después de la demolición de las arcadas que contenían el antiguo mercado, ubicado en la Plaza mayor, se empezó la construcción del local destinado a un nuevo mercado, el cual fue terminado en 1873, en los terrenos en que se hallaban en la época colonial los padres dominicos, cuyo convento fue demolido para realizar la obra, también se hallaba en los alrededores en antiguo reloj de sol donado a la ciudad por el sabio naturalista Alejandro Humboldt, cuando estuvo en estas tierras haciendo exploraciones científicas patrocinadas por el rey de España.
El Mercado de San Jacinto era el único mercado grande de la ciudad donde las fámulas caraqueñas adquirían todo lo necesario para la elaboración de los tres platos del día, con apenas un “fuerte” .
A la entrada del Mercado se hallaba un kiosko, donde se conseguía gran variedad de flores del valle de Caracas y otras traídas desde Galipán.
La distribución interior del mercado se podría describir de la siguiente manera; primero el sitio destinado a la venta de frutas piñas, cambures, lechosas, mangos, patilla, melones, por nombrar solo las más abundantes y las de mejor calidad, además se vendían naranjas a treinta céntimos la docena, entonces Venezuela era un País netamente agrícola.
Entre las fruterías más célebres se hallaba la de los “Hermanos Natera”, Carmen, Angel y Julio Natera. También había dos fruterías de mediana categoría la “Royal” y “La Caraqueña”.
Imagen de Ora Chapellin
1944

En el tercer salón quedaba la venta de carnes y aves, a precios baratos que hoy nos parecerían de fábula. Por ejemplo el kilo de lomito a dos bolívares, el lagarto a real el kilo; la punta de trasero a Bs.1, 20 el Kilo; luego por último quedaban las pescaderías donde se vendían toda clases de animales del mar, tales como mariscos, pescados, camarones etc.
Salgamos del Mercado para contemplar “La Playa”; en primer término observamos a numerosos inmigrantes italianos con sus máquinas de amolar, también hay una que otra imprenta, un poco más allá se sitúan los burros con sus cargas traídas desde las haciendas cercanas. Algunos de los productos eran entre tantos, las caraotas negras traídas de Chacao y cuyo precio era cuarenticinco [sic] céntimos por kilo; de Galipán traían los famosos duraznos blancos, los sabrosísimos duraznos muyar y las famosas naranjas galipaneras… De Guarenas traían aguacates y naranjas; de El Hatillo se traían quesos de cabra y de mano, también se transportaba leche de cabra y de vaca.
En “La Playa” habían pequeñas librerías ambulantes desde los chiquitillos de la época adquirían las aventuras de Sandokan, el tigre de la Malasia, las de Buffalo Bill, obras de Salgari y de Julio Verne y otros. Frente a la Playa del Mercado se hallaban los famosos botiquines como “La Atarraya” donde se vendían licores de berro, naranjada fruta de burro, tapadas todas estas con hojas de limón. El establecimiento de Aquilino Correa. “El Gato Negro”, de Luís Carro; “El Botiquín de La Playa”, sitio donde vendían licores de menor categoría como aguardiente y ron. También se encontraba frente a la Playa la tabacalería de Vicente López y Cía.
Nos acercamos a la Plaza Del Venezolano, donde un hombre con una culebra enroscada en el cuello anuncia la venta de un producto, con el cual garantizaba que desaparecerían los callos, también el famoso payaso y cómico Cantalicio “el feo”, tenían un pequeño puesto de ventas de pomada para las pecas.
A pocos metros de éste y casi al pie de la estatua de Antonio Leocadio Guzmán se ubican los vendedores de pájaros con sus jaulas repletas de estas aves, entre los cuales se encontraban arrendajos, paraulatas, turpiales, gonzalitos y los hermosos cardenales.
También por estos mismos sitos habían unos fonógrafos, donde uno metía un real para oír : “me gustan todas, me gustan todas, pero la rubia, pero la rubia me gusta más …”
A las doce cesaban las actividades dentro del mercado y los establecimientos vecinos comenzaban su verdadero auge, entre estos se encontraban “ La Nueva Forma”; “La Mina”; “Liverpool”: “El Gallo de Oro” ; “La Bota Colorada”; “El Louvre”; “La Estrella de Oro”; “Saint Louis”; Los Bancos Caracas y Venezuela; “La Vela de Oro” ; las ferretería “El Pasaje”; “El Casquillo de Oro”; los restaurantes “El Toro” y “El Faro”; por estos mismos lugares comenzó sus actividades la fábrica de café “La Hacienda”.
El mercado además de ser punto de referencia, tanto para caraqueños, como para los que no eran, servía de centro de tertulia donde se reunían cómicos de la talla de Saavedra y Guinand; intelectuales con la mentalidad de Job Pim y Leo; toreros de la fama de Sananes y Manforte.
El ocaso del Mercado de San Jacinto comenzó en 1948 y terminó a finales de 1953, lo único que se pudo conservar fue el reloj de Piedra.
Fuente : La Caracas de Aquellos Tiempos de Jose Veloso Saad
Recopilado por Maria Siguillo para el Blogs Caracas en Retrospectiva
 

La Plaza de El Venezolano, prolongación al aire libre del Mercado
Capitalino, Exposición y venta de pájaros, frutas y flores, aparece aquí en una de sus 
horas de más movimiento 
Foto de Carlos Muller / Revista Elite 1933

Al Sur de la Plaza de El Venezolano se encuentra esta muy tipica estampa 
del Mercado Caraqeuño . Amoladores Italianos, vendedoras de aliños 
y verduras. Recuas de burros y mulas cargando o descargando 
cerales; venta y exhibición de borricos, equinos, gallos de pelea, perros 
y otros animales, desde la madrugada hasta pasado el mediodia, la Playa de El Mercado
es un continuo trajinar y una batahola interminable
( Fotos de Carlos Moller) 
Revista Elite 1933 

Foto de Carlos Moller 
Revista Elite 1933 









jueves, 21 de abril de 2016

Huelga de Carreteros en el trayecto Cagua-San Fernando de Apure, afecta al Gran Ferrocarril de Venezuela

Por: Hugo Arana Páez*



Motivado a las pésimas condiciones de la vialidad imperantes entre San Fernando y el Centro del país y lo oneroso que representaba cruzar el Apure, generó a comienzos de mayo del año 1920, un grave conflicto entre los transportistas, los accionistas del Gran Ferrocarril Alemán y los comerciantes. Esta situación se agudizó cuando los Carreteros que prestaban el servicio de transportar personas y mercancías desde la estación del Gran Ferrocarril Alemán en la población de Cagua hasta San Fernando de Apure, dejaron de cumplir esa tarea. Este escenario hizo que numerosos productos y mercancías secas se agolparan simultáneamente en los depósitos de ambas poblaciones.    
   
Por otra parte, los comerciantes tanto de Caracas como de San Fernando y Calabozo e inclusive los de Villa de Cura, se hallaran alarmados por este inusual paro de transporte. Los Carreteros, aprovechándose del inicio de la temporada de lluvias consideraron oportuno incrementar los fletes en un cincuenta por ciento. Fue tan grave la cuestión que en mayo de ese año, el caso fue planteado por los comerciantes apureños ante la Cámara de Comercio de Caracas; ésta a su vez pidió una explicación al Gran Ferrocarril Alemán (Valencia-Caño Amarillo en Caracas). La situación se tornó más grave porque los apureños amenazaron con importar (vía ríos Orinoco-Apure) los productos que adquirían en Caracas o en todo caso comprarlos en Ciudad Bolívar; lo cual constituiría para los comerciantes caraqueños un serio revés, por cuanto, en esa época Apure representaba en valores relativos, un alto porcentaje del mercado nacional. Es que en las primeras dos décadas del siglo veinte, San Fernando era una importante plaza comercial y uno de los más relevantes puertos fluviales del país, donde se realizaban significativas transacciones económicas, tanto es así que allí se hallaban establecidas numerosas casas comerciales dedicadas a la importación de mercancías procedentes de Europa y Estados Unidos y firmas exportadoras de plumas de garza, cueros de res, caimán y de otras especies.
En ese sentido Oldman Botello reseña para el año 1916, en su obra Historia de la Villa Real de San Fernando de Apure 1788-1988 a algunas de ellas como:
… “Hermanos Bezara, Modesto Fernandez y Compañía, Francisco Barbarito, Lleras Codazzi y Compañía, Félix Barbarito, Fernández y Compañía, Henrique Ligerón, Hermanos Barbarito y Compañía, Frisch y Hermanos Decanio, entre otras”..
              
A raíz del paro de los Carreteros, los representantes de la empresa ferrocarrilera, se abocaron a realizar estudios socio-económicos de esta actividad (relación costo-beneficio), que explicaran las causas de esta huelga y concluyeron que estos transportistas (Carreteros) desde hacía unos meses atrás, estaban cobrando por transportar cien kilogramos de carga desde Cagua a San Fernando, la elevada suma de sesenta bolívares (en el año precedente, 1919 cobraban cuarenta bolívares por igual carga), es decir, habían incrementado sus tarifas en valores absolutos en veinte bolívares y en valores relativos un cincuenta por ciento (algo exorbitante); además amenazaban que para el mes de junio, cobrarían entre ochenta y cien bolívares por una carga similar. Argumentaban Los Carreteros que el severo verano acecido ese año (1920), contribuyó a incrementar sus dificultades. Es decir, el maíz para alimentar las bestias (combustible) escaseaba y en tal sentido había subido enormemente su precio.
Asimismo por donde transitaban, había escasos lugares de pastoreo y en los pocos existentes les cobraban hasta cincuenta céntimos de bolívar por abrevar los animales de tiro (un realito o cincuenta céntimos de bolívar por cada caballo). De igual manera expresaban que se había desatado una peste en el llano, que mataba a dichos animales en poco tiempo, limitando la oferta de estas bestias y por supuesto elevando su precio de compra. También argüían que en Cagua se presentaba el inconveniente de tener que cancelar los fletes al ferrocarril, al recibir las mercancías procedentes de Caracas, Valencia o Maracay y finalmente exponían que mientras esperaban el arribo de las mercancías en dicha población, debían sufragar los gastos de su manutención, así como la de sus bestias. 
Amén de todos estos inconvenientes, muchos de ellos no poseían suficiente capital que les permitiera cubrir estas contingencias, por lo que se hallaban forzados a acudir a los prestamistas (usureros), haciendo la actividad poco rentable y en proceso de descapitalización. Por todas estas razones, el oficio de Carretero posiblemente no era muy rentable, pese a la gran importancia que para el desenvolvimiento económico de la Venezuela prepetrolera representaba. Finalmente al cabo de unos días, el conflicto cesó, por cuanto, al decir de Botello, el mismo no se correspondía con los intereses de ninguna de las tres partes involucradas (Carreteros, comerciantes y accionistas del Gran Ferrocarril Alemán) y yo añadiría, sobre todo porque al régimen gomecista tampoco le convenía que la paz de la república se viera alterada.  

Articulo recopilado del Blogs CELLUNERG

Hugo Arana Páez*
Miembro investigador del Centro de Estudios
Histórico-Sociales del llano Venezolano
Casa de Bolívar
San Fernando de Apure, 25 de octubre de 2010

MANUEL MONTILLA, EL ÚLTIMO ARRIERO (de Pueblo Llano, Edo. Merida)

Por: Rafael Ramón Santiago 
Cronista Oficial del Municipio Pueblo Llano 

Cuando la carretera y los vehículos todavía no habían llegado a estos parajes merideños el transporte de las mercancías se hacía en bestias y particularmente en mulas, por ser estos animales los que más se adaptaban a la topografía del lugar debido su mansedumbre, fortaleza y resistencia. Arreos iban y venían por los estrechos caminos del páramo, chapaleando barro, rompiendo la neblina y desafiando el frío. A la primera mula de la fila le solían colocar una campana en el pescuezo para avisar con su ruido la presencia de la caravana, por si venía otro arreo en sentido contrario buscara la mejor forma de orillarse en lugar apropiado para no tropezarse, pues un leve descuido podía causar una tragedia de grandes proporciones, ya que era frecuente que estos animales salieran rodando con todo y carga por los profundos precipicios que se abrían a la orilla del camino.

 Los primeros propietarios de arreos de mulas en estos lugares fueron los encomenderos quienes las utilizaron a finales del siglo XVI y buena parte del XVII para trasladar tabaco desde la ciudad de Barinas hasta el puerto de Gibraltar, con destino a Europa.

Después surgieron otros arrieros que durante siglos cubrían la ruta de Pueblo Llano a Barinas y de allí a Timotes, Valera, Mérida, Boconó, Escuque y lugares circunvecinos, transportando harina y otros productos del lugar.

Con la llegada de la carretera a Pueblo Llano en 1952 y posteriormente los vehículos de carga, los arreos de mulas fueron disminuyendo. Sólo pudimos alcanzar a ver a comienzos de los años sesenta arrieros como Alifonso Santiago, Antonio Toño Jerez y Manuel Montilla.

Manuel Montilla fue el último arriero que tuvo Pueblo Llano. Los que tuvimos la dicha de presenciar aquel pintoresco espectáculo podemos aún recordar el desfile de las acémilas por las calles solitarias cargadas con bultos de papas, el crujir de las cinchas y la soga que sostenían la carga, el resuello de los animales cansados, el ruido de los cascos sobre el pavimento empedrado, el olor del sudor de las bestias que se mezclaba con el de las papas recién cosechadas, los restos de cagajón después del paso de los cuadrúpedos que se recogía para abonar las huertas y el jopear incesante de Manuel, mandador en mano, para guiarlas hasta el destino final. ..

Manuel trabajó con arreos para los sitios arriba mencionados hasta que llegó la carretera a Pueblo Llano, después lo siguió haciendo con menor frecuencia en época de cosecha de papas donde le tocaba trasportar los bultos desde campos como Chinó, Mupate y Llano Grande donde todavía no llegaban vehículos, hasta la Plaza Bolívar, sitio donde los subían a los camiones para finalmente llevarlos a los mercados nacionales.
“Aquellos eran años muy críticos—decía Manuel-- costaba mucho ganarse la vida. Ahora todo es más fácil, de sólo fácil que es ya no parece divertido trabajar; la mucha facilidad como que no es buena”.

 Con casi cien años a cuestas, en los últimos días de su vida Manuel recordaba aquellos años que cubrieron gran parte de su existencia. Observaba con nostalgia a su pueblo y comentaba: “Ahora ya ni se puede cruzar una calle por la cantidad de carros y motos que hay; tampoco se puede sostener una conversación tranquilamente por el ruido de las motos...¡ha diagero! Mucho ‘progreso’ tampoco es bueno”.

Articulo recopilado del Blogs HUELLAS VENEZOLANAS